Los padres.

 

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9 de la mañana. Empieza la clase con normalidad. A los 10 minutos me llama mi paraleo. Quieren saber mi versión de los hechos. Sin tener ni idea de a qué hechos se refiere, bajo al despacho de la directora y me encuentro al padre de un crío al que le pegué una bronca el día anterior con los brazos cruzados y varios tics en la cara. Vienen a hablar. Hablar para ellos es revolucionar al AMPA antes de acudir al centro a dialogar con los tutores o la directora y entrar por la puerta pidiendo nombres y DNIs. Como si fuera un juicio, el crío cuenta su versión y después me toca a mí. Lo siento, digo, yo no voy a contar mi versión, yo voy a contar lo que ha pasado, porque soy maestro, porque tengo una responsabilidad y porque no me pongo a echar broncas a quien no ha hecho nada. No es la versión del crío y la mía, es la realidad frente a la versión del crío. Terminado el relato de los hechos, el padre exclama ante un chaval que, si no ha tenido un orgasmo onanista, poco le ha faltado, que él se cree a su retoño, ergo el profesor, uséase yo, miente. La directora intenta calmar las aguas, a mí me da la risa floja y el padre se cabrea más, cosa que me importa bien poco. Mi versión y la de mi paralelo son la misma contada en momentos diferentes, tengo de testigo a la profesora que estaba en ese momento presente en el aula y los chavales de mi clase corroboran que el crío se ha inventado como le ha dado la gana lo que pasó. Nadie le humilló y nadie se rió de él. Si el problema es que la bronca le sentó mal, la solución es hacer caso cuando un profesor te pide que prestes atención. El padre sigue hablando de nombres y DNIs, pensando que así no va a amedrentear. Sinceramente, me da igual que me denuncie a la santa inquisición, no es el primer padre que cree ciegamente en lo que su hijo le cuenta, aunque siempre le esté contando cosas que contradicen la versión de los compañeros, amigos y profesores. Esto es lo que tenemos como pan de cada día los que intentamos educar y formar al mismo tiempo, la desgracia de encontrarnos con unos padres incapaces de creer a aquellos responsables de la educación de sus hijos. Toda la verdad pasa, pues, por lo que salga de la boca de chavales que mienten, porque todos los críos mienten en alguna ocasión. El padre o madre que crea todo lo contrario, se está cargando la educación de sus hijos. Antes el profesor te suspendía y tu padre te daba un guantazo, ahora el crío dice que su profesor le ha levantado la voz, y el padre viene con ganas de soltarle un guantazo, al profesor, cuando en realidad debería soltárselo al crío. Al final no hay denuncia, ni queja, ni nada. La madre termina reconociendo que muchas veces el crío le hace lo mismo a ella, insistir en una cosa que no es verdad una y otra vez, como si lo fuera. Para esto ha hecho falta una hora y cuarto de “amistosa” charla con el indignado padre, que también acaba reconociendo que su hijo está muy contestón. Pero antes había que remover cielo y tierra para averiguar si, en esta ocasión, contaba la verdad, antes que pedir la opinión y el consejo de esas personas que intentamos educar a hijos como el suyo, aunque desde casa no nos lo pongan nada fácil.

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